miércoles, 3 de octubre de 2018

Dorothea Tanning en el Museo reina Sofía de Madrid. Diario El País

Dorothea Tanning , una artista surrealista contra el patriarcado


Fue mucho más que la esposa de Max Ernst. El Reina Sofía reivindica la inquietante obra de la creadora en la primera gran retrospectiva dedicada a su figura.


El autorretrato 'Birthday', que Tanning pintó en 1942, abre la exposición del Reina Sofía. En el vídeo, un recorrido por la muestra.
Si el surrealismo es el último destello de la inteligencia europea, como dijo Walter Benjamin en 1929, Dorothea Tanning mantuvo ese fulgor hasta bien entrado el siglo XXI. Pero no brilló durante su centenaria existencia (1910-2012) como merecía su obra, ensombrecida por la alargada figura de Max Ernst, su pareja durante 34 años —entre 1942 y la muerte de él en 1976—, y por su círculo de amigos.
Pese a que su nombre figura en los manuales de arte contemporáneo como representante del llamado segundo surrealismo, la estadounidense Tanning fue y es una gran desconocida para el público. Tanto, que la primera gran retrospectiva mundial que se dedica a esta creadora —quien se ganaba la vida haciendo ilustraciones para los grandes almacenes Macy’s hasta que en 1936 quedó impactada al ver la exposición Arte fantástico. Dadá, Surrealismo— se inauguró ayer en el madrileño museo Reina Sofía.
Contemplar los cuadros de Dalí o Tanguy en aquella icónica muestra organizada por Alfred H. Barr en el MoMA de Nueva York supuso para ella como la puerta de entrada a esa inteligencia europea de la que hablaba Benjamin, citado ayer por Manuel Borja-Villel, director del Reina Sofía, en la presentación de Dorothea Tanning. Detrás de la puerta, invisible, otra puerta, que comprende piezas creadas entre 1936 y 1997 y se clausurará el 7 de enero, antes de viajar a la Tate Modern londinense.
'Retrato de familia', pintado en 1954. ampliar foto
'Retrato de familia', pintado en 1954. EL PAÍS
Aquel impacto también la introdujo en la exploración de su inconsciente hasta descubrir las posibilidades de su arte a través del surrealismo, en palabras de la comisaria Alyce Mahon. Tanning zarpó hacia París en busca de los surrealistas, pero el estallido de la Segunda Guerra Mundial frustró sus planes.
De vuelta a Nueva York, fue Ernst, el surrealista que llegó del dadá, quien la encontró. Se quedó encantado con un autorretrato de Tanning de 1942, que abre el recorrido expositivo madrileño, integrado por 150 obras entre lienzos, esculturas blandas, bocetos e ilustraciones. Decidió incluirlo en la exposición de su entonces esposa Peggy Guggenheim, 31 mujeres, de 1943. Tres años después, Tanning y Ernst se casaban en Hollywood en una boda conjunta con Man Ray y Juliet Browner, y con invitados como Marcel y Tenney Duchamp, entre otros miembros de la escogida grey que dio paso al arte contemporáneo.
La complicidad entre Tanning y Ernst, 19 años mayor que ella, fue personal y artística, además de compartir afición por el tan surrealista (por su recurrente uso) juego del ajedrez, como demuestra el cuadro Max en un bote azul, presente en la exposición. Pero Tanning no dejó de transitar su camino propio, siempre jalonado, aunque a veces cambiara de rumbo estilístico, por “la expresión del deseo que no debe ser confinado”, en palabras de la comisaria.
'Abrazo', de 1969. ampliar foto
'Abrazo', de 1969. EL PAÍS
Deseo explícito hasta en sus últimas pinturas, que reivindican la sexualidad en la tercera edad. Deseo que empieza a anidar en la preadolescente, en la niña mujer a punto de ser consciente de su sexualidad. Este fue otro de los focos de su interés artístico, como recoge una de las salas de la antológica, aportando una nueva dimensión al surrealismo en un momento en que André Breton aconsejaba que la sociedad “desgarrada por la guerra” necesitaba buscar “inspiración” en lo femenino. El surrealismo fue mucho más que un movimiento masculino previo a la Segunda Guerra Mundial.

Alicia tras la puerta

La referencia a Alicia en el país de las maravillas resulta inevitable ya desde el título de la muestra, Detrás de la puerta, invisible, otra puerta. No obstante, su elección obedece a unas declaraciones de la artista en una entrevista en 1974, donde dijo que su primer arte exploraba “este lado” del espejo, de la puerta, mientras que el posterior se dirigía al “otro”, ofreciendo “un vértigo perpetuo” en el que la puerta, visible o invisible, conducía a otra puerta. Su discurso se plasma en sus lienzos de puertas que se interrogan sobre la identidad.
Pintora, ilustradora, escultora, narradora y poeta, fue una de las artistas que abrieron paso a una generación de mujeres rebeldes que se negaban a formar parte de “lo que se esperaba de ellas” y quisieron crear su propio lenguaje. “Cuestionó y criticó a la familia patriarcal” en un momento en el que la imagen de la mujer se proyectaba más “como musa que como creadora”, explicó Mahon, quien ha trabajado tres años en este reivindicativo proyecto que se inscribe en la línea del Reina Sofía de explorar una historia alternativa al discurso hegemónico del arte. El cuadro Retrato de familia (1954) resulta muy ilustrativo de esa crítica al patriarcado.
También cuestiona la identidad de género en sus sorprendentes, dúctiles, fetichistas y a veces siniestras esculturas blandas, realizadas en los sesenta con máquinas de coser y emparentadas con las obras de otra mujer extraordinaria que vivió prácticamente los mismos años que

Dorothea Tanning, más allá del surrealismo

La pintora evolucionó bajo el signo de la vanguardia y en las últimas décadas de su vida centenaria se volcó en la poesía

Dorothea Tanning, Louise Bourgeois (1911-2010), cuyo éxito le llegó al final de su vida.
En 1937 la joven Dorothea Tanning, nacida en Galesburg (Illinois) en 1912 y formada en el Instituto de Arte de Chicago, vivió un acontecimiento que tuvo una importancia radical en su vida: la visita a la mítica exposición del Museo de Arte Moderno de Nueva York Arte fantástico, dadá y surrealista le causó un impacto tal que decidió trasladarse a París después de haber conseguido cartas de presentación para destacados miembros de las vanguardias artísticas, como Max Ernst, Yves Tanguy y Chaïm Soutine, entre otros. Sin embargo, ironías del destino, encontraría París vacío. Era el año 1939 y muchos intelectuales europeos habían huido de un continente a punto de estallar hacia Estados Unidos. Tras llamar a varias puertas sin éxito, se trasladó a casa de su familia paterna en Suecia, donde permanecería haciendo retratos de la familia hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial.
Su marido, Max Ernst, se quedó fascinado frente a su cuadro 'Cumpleaños'
A su regreso a Nueva York, empezó a trabajar con el marchante y amigo de los surrealistas Julian Levy, en cuya conocida galería expuso algunas de sus obras que, ya por aquellos primeros cuarenta, empezaban a adoptar esas formas surrealizantes que caracterizarían su carrera posterior.
De hecho, en 1942 pintó uno de sus cuadros más conocidos, Cumpleaños, un curioso autorretrato en el cual, vestida con un atuendo teatral que deja parte de su cuerpo al descubierto, aparece en un espacio de ensueño, puertas que se abren al infinito. Acurrucado a sus pies, un animal con significaciones teosóficas nos recuerda el interés de la artista por lo inasible: "Mis sueños", escribía años después, "surgen de objetos que no tienen equivalentes en el diccionario". Se trataba de su segundo o tercer cuadro bajo la influencia del surrealismo, y se expondría en la muestra de mujeres en la galería de la marchante y coleccionista de arte Peggy Guggenheim, Art of this Century.
Ese mismo año, Max Ernst, al que había buscado en vano en París, amante de Gala Dalí y durante algún tiempo pareja de la propia Guggenheim, visitaba a Tanning en su estudio y se quedaba fascinado frente a Cumpleaños. Jugaron una partida de ajedrez -según cuenta en el relato que más circula- y decidieron pasar juntos el resto de sus vidas; decisión que cumplieron, porque su matrimonio duró hasta 1976, fecha en la que murió Ernst.
A través de este, Tanning empezó a frecuentar el círculo de los exilados parisinos en la ciudad americana, en la que conocería a Duchamp, Tanguy y Sage, entre otros, haciendo realidad ese sueño que había perseguido en vano en París. Breton formaba parte del círculo, pero su escaso conocimiento del francés le impedía participar activamente en las reuniones que este presidía; cosa por otro lado corriente entre las mujeres ligadas al grupo, que se dedicaban a escuchar y hablaban más bien poco, intimidadas por la formas autoritarias del pope.
Pese a todo y como ocurría con otras tantas mujeres ligadas al surrealismo, hablar poco no significaba ni mucho menos no tener qué decir: muy al contrario. Nacida en un lugar tan puritano como Illinois, siempre estuvo dispuesta a cultivar su fantasía con el apoyo de su madre, que impulsó las carreras artísticas y creativas de las hijas. A través de lecturas de autores como Oscar Wilde, Lewis Carroll o Hans Christian Andersen, Tanning había luchado desde niña contra lo claustrofóbico.
Quizás fuera esa pasión por la literatura la que, en las últimas décadas de su vida, lleva a la muy prolija creadora a compaginar la pintura con la poesía hasta muy poco antes de morir: en otoño del año pasado publicó su última obra, Coming of that. Por eso, porque no le gustaba ser recordada como una "pintura surrealista", algo que le hacía sentirse como "un fósil" -entre otras cosas, porque para ella el movimiento termina en los cincuenta; a partir de esa década hace obras de carácter más abstracto- nos gustaría recordarla como una maravillosa artista polifacética que, aunque nos haya dejado a los 101 años el último día del mes pasado, seguirá haciéndonos soñar: "Los sueños que uno lee en los libros están compuestos por símbolos conocidos, pero es lo extraño de los sueños lo que los distingue", escribió.

Un encuentro trascendental con Balanchine

Dorothea Tanning participó también en el diseño del vestuario y los decorados de cuatro ballets y de un montaje teatral. Así como el movimiento de la danza resulta perceptible sobre todo en sus esculturas, las piezas para el escenario compartían similitudes con su obra plástica, “con sus atmósferas enigmáticas y sus escenas intimistas, inspiradas en la novela gótica”, apunta Idoia Murga en el catálogo de la muestra. Tanning trabajó en EE UU con Georges Balanchine. Así describió la propia pintora su primera cita con el célebre coreógrafo ruso: “Un encuentro trascendental, ya que fue el inicio de una colaboración que, literalmente, me levantó del suelo”.
Algunos de estos diseños se pueden ver también en la exposición, que ha sido organizada por el Reina Sofía, con el apoyo de The Destina Foundation y patrocinada por la Comunidad de Madrid.
Los fondos proceden de colecciones privadas y de instituciones como el centro Pompidou de París, la Tate Modern de Londres o el Museo de Arte de Filadelfia. La muestra también incluye la inquietante instalación Hotel du Pavot, chambre 202, realizada en 1973.


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