Marc Chagall (1887-1985), cuya vida atravesó dos guerras mundiales y un exilio, dejó una obra profundamente anclada en la historia del siglo XX. Encarnación del desarraigo y de la migración, como tantas figuras de su obra, el artista transitó por el mundo al albur de las convulsiones de su siglo, desde su infancia en la Rusia blanca hasta Francia, de Alemania a Palestina y de Estados Unidos a México, hasta instalarse finalmente junto al Mediterráneo.
Esta exposición, fruto de la colaboración entre La Piscine – Musée d’Art et d’Industrie André Diligent (Roubaix), Fundación MAPFRE y el Musée national Marc Chagall de Niza, plantea un amplio recorrido por su obra a la luz de los acontecimientos históricos que Chagall tuvo que enfrentar y las tomas de postura que adoptó ante ellos, en una propuesta que representa la primera lectura completa de su obra desde esta perspectiva: la de su idealismo sin condiciones, su inamovible creencia en la paz universal y el firme compromiso sociopolítico que de ella se deriva.
La obra del gran artista ruso se nos presenta así en una lectura nueva, una sorprendente revelación de la forma en que su pintura, que nos resulta tan reconocible como fascinante, encierra también un conmovedor testimonio de nuestro tiempo.
Comisarias: Meret Meyer y Ambre Gauthier.
Al hilo de una vida que pasó por dos guerras y un exilio,
Marc Chagall (1887-1985) alumbró una obra poderosamente
anclada en la historia del siglo XX. Figura del desplazamiento
y de la migración, como las que aparecen en sus cuadros, el
artista transitó por el mundo a merced de las zozobras de su
siglo, desde la Rusia de su infancia hasta tierras francesas,
pasando por Alemania, Palestina y Polonia, y desde Estados
Unidos hasta México, antes de establecerse a orillas del
Mediterráneo. Su arte, impregnado de un hondo humanismo y
alimentado por sus raíces judías y las experiencias que
vivió, se erige en mensajero de un compromiso infatigable
con el hombre y sus derechos, con la igualdad y la tolerancia
entre los seres.
Impulsado por un gran grito de libertad, Chagall abre los
ojos a las guerras de su momento histórico, como también a las
luchas que libró dentro del arte, siguiendo los conflictos y
los grandes acontecimientos del siglo XX. Trascendidos por
la fuerza poética y por el imaginario, sus obras y escritos
son poderosos testimonios de sus convicciones políticas y su
compromiso humanista, expresados a través de un simbolismo
singular en el que a veces encontramos un agudo sentido de
la burla y del humor enraizado en su cultura judía.
Chagall Un grito de libertad muestra a un pintor testigo
de su tiempo e incide en las cuestiones que más preocuparon
al artista desde un novedoso punto de vista. El trabajo
de archivo y la profunda labor de investigación que se han
realizado para este proyecto buscan abrir caminos a una
nueva lectura de la obra de Chagall y poner de manifiesto
su fe inamovible en la armonía y la paz universal, mediante
el establecimiento de miradas y diálogos cruzados con la
historia que se estaba escribiendo.
Ambre Gauthier y Meret Meyer
Comisarias de la exposición
Dentro de la obra de Marc Chagall, el género del autorretrato
ocupa un lugar relevante. El primero del que se tiene
constancia, fechado en 1907, sienta las bases de una
práctica que cambió poco con el tiempo. Chagall elaboró sus
autorretratos a partir de un profundo conocimiento de los
de Rembrandt, y pudo así construir su identidad mediante un
juego de variantes simbólicas y metafóricas que eluden la
huella del tiempo, revelando un proceso de introspección que
al mismo tiempo se conjuga con un distanciamiento respecto
a su propia persona. Desde el principio hasta el final de
su carrera, el artista se representó con rostro juvenil. La
identidad con la que se muestra, siempre plural, se construye
a través de la elaboración de personajes arquetípicos en un
proceso donde las máscaras adoptadas por el artista responden
a un doble perfil: el pintor con su paleta y el pintor
trabajando frente al caballete. Los autorretratos revelan la
afición de Chagall a los disfraces y las máscaras, heredada
de su conocimiento del mundo circense. Se representa así
como gallo, asno, macho cabrío o traviesa cabra, tal y
como puede verse en Buenos días, París o La carretera de
Cranberry Lake, y en ocasiones incluso como monumental
ramo de flores o árbol de Jesé.
Estos autorretratos, íntimamente ligados a las experiencias
de la migración y el desarraigo, son los vectores de un
mundo interior estable que permite al pintor, al mismo
tiempo, un anclaje y una protección ante los acontecimientos
externos que sacuden su vida y su obra. Concebidos como temas
autónomos o incorporados a composiciones de iconografía
más ambiciosa, deslizados como guiños en los recovecos de
los lienzos, le recuerdan constantemente al espectador que
el artista no duerme, que está atento a lo que le rodea y
participa con todo su ser en los acontecimientos históricos
y políticos de su época.
Identidades plurales:
el artista migratorio
En mayo de 1911, gracias a una beca proporcionada por uno
de sus protectores en San Petersburgo, Chagall se traslada
a París. Al año siguiente entabla amistad, entre otros,
con los poetas Blaise Cendrars, Max Jacob, André Salmon y
Guillaume Apollinaire, que llegaría a calificar su pintura
como «sobrenatural». En la capital también se relaciona con
otros artistas como Léger, Modigliani, Archipenko o Soutine.
El estallido de la Primera Guerra Mundial le sorprende
en Rusia, adonde había vuelto en 1914 tras inaugurar una
importante exposición en Berlín. Si bien pensaba permanecer
poco tiempo en el país, la guerra le obliga a quedarse hasta
el final del conflicto. Entre las obras que realiza durante
este período destaca la serie de dibujos a tinta china
que, con carácter documental y cinematográfico, plasman la
dramática realidad de la guerra: la marcha de combatientes
y a los soldados heridos. En pinturas como El vendedor de
periódicos o La gaceta de Smolensk, el artista profundiza
en la representación de las vivencias cotidianas de los
habitantes de su ciudad natal durante la contienda,
alejándose del tono más lírico de sus características
composiciones. De este período, el propio Chagall recordará
en sus memorias: «Detrás de mí, los campos de Vítebsk están
abandonados. […] Cada estaca del cercado es como el diente
de un negro destino».
Rusia. Primera Guerra Mundial
Primero en París y más tarde en su ciudad natal, Vítebsk,
y a caballo entre diferentes exilios, Chagall llevará
siempre a Rusia en su corazón y su alma. El artista
construirá un universo pictórico profundamente impregnado
por las vivencias de su juventud, lo cual explica las
múltiples apariciones en sus cuadros de imágenes de su
ciudad y su shtetl (comunidad judía), con los campanarios
y las cúpulas de las iglesias, las colinas e isbas nevadas
y las orillas del río, el Dviná, como se muestra en La
casa gris. Estas iconografías recurrentes, que abordó
desde sus primeros años de formación en San Petersburgo,
fueron evolucionando e incorporando figuras familiares y
personajes de la vida popular y campesina que formarán
su universo de referencia.
En 1917, Chagall es testigo de la revolución bolchevique,
que en un principio acoge con enorme entusiasmo y que le
confiere el estatus de ciudadano ruso de pleno derecho
después de años de discriminación por su origen judío. En
agosto de 1918 es nombrado por Anatoli Lunacharski comisario
de bellas artes de la región de Vítebsk. Tras realizar los
decorados para la celebración del primer aniversario de la
Revolución de Octubre, se vuelca en la fundación de una
escuela popular de arte —para los hijos de las familias más
pobres— y un museo, entidades de las que será director. El
enfoque es el de la enseñanza libre y el estudio de todas
las corrientes artísticas del momento, y en este desempeño
el arte hebreo descubrirá su modernidad.
En mayo de 1920,
tras acaloradas discusiones, Kazimir Malévich sustituye
en la dirección de la escuela a Chagall, que se marcha a
las afueras de Moscú; allí traslada su labor docente a
la colonia de huérfanos de los pogromos de Malájovka, en
la que desempeñará su compromiso educativo y pedagógico
a lo largo del año 1921.
Rusia, ese país que es el mío
La modernidad yidis. El Teatro
Nacional Judío de Cámara de Moscú
En noviembre de 1920, en plena efervescencia de la renovación
cultural yidis, Marc Chagall fue invitado a colaborar con
el Teatro Nacional Judío de Cámara de Moscú (GOSEKT) por
su director, Alexis Granowsky. Recién trasladada a Moscú
desde su sede anterior en Petrogrado, esta institución era
el vehículo de un enfoque escénico revolucionario, en el
que todas las obras se interpretaban íntegramente en yidis,
lengua de los judíos originarios de la Europa central y
oriental. Para las paredes del teatro, Chagall realizó siete
paneles sobre el tema de la proyección universal de las artes
y la modernidad yidis: la Introducción, largo friso de más
de siete metros, cuatro alegorías de las artes (La danza,
El teatro, La música y La literatura), El amor en escena y
El banquete de bodas.
Estos paneles que decoraban el interior del teatro,
conservados actualmente en la Galería Tretiakov de Moscú
y de los que presentamos varios estudios preparatorios,
formaban una obra integral que llegó a conocerse como
«la cajita de Chagall». La interacción entre los decorados,
los actores y el vestuario constituía un espectáculo de
arte total. El artista pintó también un telón, que no se
conserva, y su colaboración con el teatro se completa con
la creación de bocetos para los decorados y el vestuario de
las obras Mazeltov, Los agentes y La mentira, de Sholem
Aleijem, interpretadas por Solomón Mijoels como actor
principal.
En 1906, el escritor y dramaturgo judío Isaac Leib Peretz,
en un texto profético titulado «Esperanza y temor», expresó
el dolor y la violencia de la que sería objeto su comunidad
en el futuro. Peretz, considerado uno de los autores
clásicos en lengua yidis, se convertiría con el tiempo
en mentor de la renovación de esta lengua y su cultura.
Tras la Revolución de octubre de 1917, este renacimiento
cobró empuje; el yidis llevaba en sí el ardor de toda una
generación de artistas judíos, así como sus esperanzas de
asistir al nacimiento de un nuevo mundo.
En 1918 nacía en Kiev, en plena ebullición de la
independencia ucraniana, la Kultur Lige, asociación que
desempeñó un papel de primer orden en la difusión de
la cultura yidis y alentó la ilustración de libros por
parte de artistas de vanguardia, desde el interés por
modernizar la cultura judía, siempre en una dicotomía
entre tradición y modernidad.
A su llegada a Moscú en 1920,
Chagall entrará en contacto con muchos otros artistas de
esta asociación que, llegados de Kiev, escapaban de la
represión bolchevique. Será para el pintor un momento
de reencuentro con sus orígenes y con la lengua de su
infancia. Tanto Chagall como El Lissitzky fueron miembros
de la sección de arte de la Lige; ambos entendían el libro
ilustrado como un instrumento óptimo para expresar una
identidad dividida. Durante estos años, Chagall colaboró
en un gran número de publicaciones en yidis, como el libro
de poemas Troyer [Luto], del escritor Dovid Hofstein, o
las revistas literarias Shtrom Heftn [La Corriente] y
Khaliastra [La Banda].
La modernidad yidis.
Letras, palabras e imágenes
En 1922 Chagall abandona Rusia de manera definitiva y, junto
con su esposa Bella y su hija Ida, se instala en Berlín. Allí
el artista trabaja en su autobiografía, Mi vida, y aprende
el arte del grabado. Tras su exposición en la galería Van
Diemen, y a pesar de haber adquirido gran notoriedad, en
1923 se traslada con su familia a París, donde retoman el
contacto con amigos artistas e intelectuales. Uno de ellos,
el marchante de arte Ambroise Vollard, le encarga a Chagall
la ilustración de algunos libros, entre los que se cuentan
Almas muertas, de Gógol, y las Fábulas de La Fontaine, una de
las obras clásicas de la literatura francesa. Este encargo
será el origen de una importante oleada de críticas basadas
en el origen ruso de Chagall y que suponen un síntoma más
del ascenso del antisemitismo en casi toda Europa.
El 21 de
septiembre de 1925, en una carta dirigida al crítico de arte
Leo Koenig, el artista escribe: «el tiempo no es profético,
reina el mal».
Durante estos años, antes y después de su viaje a Palestina
en 1931, Chagall realiza una serie de retratos de rabinos y
personajes portando la Torá que traslucen la incertidumbre
ante el destino de un pueblo amenazado. En sus memorias, el
pintor se refiere así a este tipo de obras: «Los profetas
atormentados de Vítebsk hicieron su aparición en mis cuadros:
entre hambrientos y andrajosos, lanzaban al mundo una mirada
carente de esperanza. Su mirada es igual a la mía. Sus colores
se deslizan sobre ellos como el sudor, escurriéndose sabe
Dios adónde. En espera de que amaneciese, de que se acabaran
el estrépito, la propaganda, los campos de concentración,
los hornos, las cárceles físicas y morales, yo pintaba
profetas torturados».
No son tiempos proféticos
En 1933, tan solo unos meses después de que Hitler hubiera
ascendido al poder, el partido nacionalsocialista quemó,
en una ceremonia pública en Mannheim, la pintura de
Chagall El rabino. La amenaza al pueblo judío que el artista
llevaba años anunciando se volvía definitivamente real.
Este sentimiento se hacía patente en otras obras de estos
mismos años. En Soledad, el pintor parece concretar esa
idea difusa de persecución, con el rabino que protege
la Torá —símbolo del salvador de la cultura hebraica
frente a una catástrofe inminente—, al tiempo que expresa
la conciencia del aislamiento en el que se encontrará
a partir de entonces la comunidad judía de Europa. Lo
mismo ocurre con El buey desollado, antecedente de las
crucifixiones que simbolizan el martirio del pueblo judío,
o en El desnudo sobre Vítebsk, en el que la ciudad de su
infancia es sobrevolada por la figura de Bella, su mujer,
vuelta de espaldas.
A su llegada al poder, el partido nacionalsocialista de
Alemania puso en marcha una política cultural basada en la
«purificación» del país. Una de las manifestaciones de esta
persecución que se hicieron más populares fue la exposición
Entartete Kunst [Arte degenerado], inaugurada, en su primera
edición en Múnich, el 19 de julio de 1937. Se presentaban
setecientas treinta piezas de un centenar de artistas, muchos
de ellos judíos, entre los que no faltaba Chagall, con la
intención de mostrar de forma pedagógica la «putrefacción»
del arte moderno y la de sus autores, culpables de un atentado
contra la germanidad y la cultura del pueblo alemán.
Si bien en un primer momento, y a pesar de la situación,
el artista se resistió a abandonar Francia, las noticias
llegadas desde Alemania y la posterior retirada de derechos a
la población judía por parte del gobierno colaboracionista de
Vichy lo llevaron a replantearse su decisión. Así, en 1941,
gracias a la intervención del periodista Varian Fry y del
Emergency Rescue Committee, Chagall zarpó de Marsella rumbo a
Lisboa para sumarse después al grupo de artistas exiliados en
Nueva York. En el transcurso de este largo viaje, el artista
se refirió al destino de quienes se habían quedado en el
continente: «Agua hasta donde alcanza la vista, olas y los
leves resplandores del horizonte marino. […] Desde el puente
me parece ver en la distancia a los rabinos y sus familias
transportados a los campos. En el aire, sin embargo, no se
oyen los suspiros de quienes son arrastrados a los hornos».
La pintura como acto militante
El 21 de junio de 1941, Marc y Bella Chagall se instalaron
en el número 4 de la East 74th Street de Nueva York; daba
comienzo un largo período de exilio. En la ciudad, Chagall
se relacionó, entre otros, con Pierre Matisse, que en marzo
de 1942 inauguró en su galería la emblemática muestra Artists
in Exile, que reunía a catorce artistas refugiados en Nueva
York, entre ellos el propio Chagall. Los lazos artísticos
y personales que estableció con su nuevo marchante duraron
el resto de su vida, dando origen a múltiples exposiciones.
Durante este período, la conciencia política de Chagall
frente a las atrocidades cometidas contra el pueblo judío
se manifiesta de modo más intenso si cabe, tanto por
medio de su participación en diferentes asociaciones
como a través de la representación de los horrores de la
contienda en obras como La guerra. Las pinturas de este
momento evocan también la brutalidad de los pogromos,
especialmente los perpetrados en Polonia —país que el
artista visitó en 1935—, así como las deportaciones y el
exilio al que se vio sometida la comunidad judía.
Uno de los motivos que más reiteró Chagall en sus obras
de estos años, casi como si de una obsesión se tratara,
fue el de la crucifixión. Cristos crucificados sin otra
indumentaria que el talit (paño blanco de oración) alrededor
de las caderas, representados como el símbolo del sufrimiento
del pueblo judío, en respuesta de la llamada «noche de los
cristales rotos», ocurrida en 1938. En estas imágenes,
trágicas y violentas, se condensa todo el miedo del artista
exiliado, que asistirá desde el otro lado del Atlántico a
la devastación de Europa. Obra clave de este momento es
el tríptico Resistencia, Resurrección y Liberación —que
Chagall realiza a partir de una obra anterior titulada
Revolución—, en el que se fusiona el simbolismo político y
el religioso.
A los artistas mártires:
escenas de la guerra y crucifixiones.
A su vuelta en 1948 a Europa desde Estados Unidos, Chagall se
instaló en Francia, primero en Orgeval, en las proximidades
de París, y luego a orillas del Mediterráneo. Entonces
se embarcó, al igual que otros reconocidos autores como
Henri Matisse o Fernand Léger, en una serie de proyectos
monumentales en torno al tema de la paz destinados a edificios
religiosos y salas de espectáculos. Tras haber apoyado en
1948 la creación del Estado de Israel —nacido el 14 de mayo
de ese mismo año—, Chagall elaboró un conjunto de vidrieras
para la nueva sinagoga del hospital Hadassah de Jerusalén
(1962), así como tapices y mosaicos que plasman la historia
del pueblo judío desde los tiempos bíblicos para la Knéset,
el Parlamento israelí, en la misma ciudad (1967). Durante
este período, el artista se erigió en el mensajero de una
paz que había que recuperar y proteger, y que es la esencia
de sus proyectos de vidrieras sobre La Paz para la sede
de las Naciones Unidas en Nueva York (1963-1964) y la capilla
de los Cordeleros de Sarreburgo (1974-1976). Finalmente,
el pintor recurrió de nuevo a la Biblia para difundir
mensajes de cariz más político, sin dejar de propugnar una
espiritualidad y una paz universal. Este retorno se plasmó
en los diecisiete cuadros del Mensaje bíblico (1956-1966),
que, concebidos inicialmente para las capillas del Calvario
en Vence, fueron donados a Francia en 1966 para la creación
del actual Musée National Marc Chagall de Niza, primer museo
dedicado a un artista vivo.
El permanente diálogo entre técnicas (escultura, cerámica,
vidriera, tapiz y mosaico) que inició Chagall en los años
cincuenta alimentó con fuerza su pintura. Un hecho que
pone de manifiesto especialmente, dentro de este proceso
de creación múltiple y de carácter lúdico, la técnica del
collage, al brindar a la vista los fragmentos geométricos
de una visión sintética de las formas, las texturas y los
colores. Chagall ya había experimentado con el collage en
los años diez y renovó este procedimiento en los sesenta con
las maquetas preparatorias de las vidrieras destinadas a la
citada sinagoga Hadassah, para finalmente emplearlo en los
años setenta en la concepción de sus pinturas monumentales.
A la búsqueda de libertad y luz desplegada mediante nuevas
técnicas responde la práctica de una pintura en la que los
colores y los empastes expresan más que nunca la urgencia
de vivir.