lunes, 11 de noviembre de 2024

Jean-Léon Gérôme Artista del falso orientalismo



arte

Este es el artista que nos llenó la cabeza de imágenes falsas y estereotipadas de Oriente

Se cumplen 200 años del nacimiento del francés Jean-Léon Gérôme, el rey indiscutible de los 'orientalistas'. Una exposición en Doha revisa su controvertido legado a través de casi 400 obras

Foto: 'El encantador de serpientes', del artista francés Jean-Léon Gérôme.
'El encantador de serpientes', del artista francés Jean-Léon Gérôme.

Observe el cuadro que aparece sobre estas líneas. Se titula El encantador de serpientes y fue pintado en torno a 1879 por el artista francés Jean-Léon Gérôme. Bonito y repleto de exotismo, ¿verdad? Y, sobre todo, transmite una fuerte sensación de realismo, gracias a la minuciosa atención con que recoge todos los detalles. Casi parece una fotografía.

 

Sin embargo, todo en El encantador de serpientes es falso. Es el epítome de las fake news en versión pintura.

 

El cuadro es un popurrí de elementos que no guardan ninguna relación entre sí. Los brillantes azulejos de la pared se inspiran en los del Palacio Topkapı en Estambul, mientras que el suelo recuerda al de la Mezquita de Amr en El Cairo. Los hombres sentados en el suelo llevan ropajes y armas que corresponden a tribus y culturas islámicas muy distintas. Ni siquiera tiene el más mínimo sentido la serpiente que se enreda alrededor del cuerpo desnudo del niño. Según Richard G. Zweifel, experto en reptiles del Museo Americano de Historia Natural, todo hace pensar que se trata de una boa constrictor de América del Sur, por lo que difícilmente podría encontrarse en Oriente Medio.

 

Gérôme (1824-1904) fue el pintor más famoso y más reproducido de su tiempo, el rey de los llamados orientalistas, como se conoce a aquellos artistas que, sin ser originarios de Oriente Medio, el norte de África o el sur de Asia, se dedicaron a plasmar en sus obras escenas de esas zonas, mezclando con frecuencia la realidad con la fantasía. Gérôme fue el máximo representante de esa corriente, en la que brilló a golpe de tópicos, clichés y falsedades. Sus sensuales odaliscas, sus cafés envueltos en nebulosas de humo, sus retratos de personas vestidas con coloridos ropajes y sus representaciones de ambientes orientales rodeados de un halo tanto de misterio como de barbarie cautivaron al público, dejando una profunda marca en el modo el que se percibía Oriente en Occidente y configurando un legado visual tan falso como estereotipado que persiste hasta hoy en día.

placeholder'El bardo negro', de Jean-Léon Gérôme de 1888. (Lusail Museum, Qatar Museums)
'El bardo negro', de Jean-Léon Gérôme de 1888. (Lusail Museum, Qatar Museums)

El arte y el legado de Gérôme es ahora objeto de un minucioso análisis en el Museo Árabe de Arte Moderno (Mathaf) de Doha, en Qatar. Coincidiendo con el 200 aniversario del nacimiento de Gérôme, el Mathaf le dedica hasta el 22 de febrero una gran exposición que reúne casi 400 obras y que se compone en realidad de tres muestras. La primera, la más convencional, analiza la biografía y la obra de Gérôme; la segunda explora el uso de la fotografía por parte del artista y la tercera, comisariada por Sara Raza, muestra obras de artistas modernos y contemporáneos que confrontan sus trabajos (y su visión de Oriente Medio) con la que transmiten los cuadros del pintor francés.

 

Es verdad que las escenas que plasmaba Gérôme en sus obras eran casi todas inventadas, aunque incluían algunos destellos de realidad. El francés creaba sus obras a través de un proceso conocido como bricolage, que consiste en combinar ideas y detalles de muy distinta procedencia para crear una composición. Sus fuentes incluían en ese sentido libros, bocetos, fotografías, trajes y souvenirs de sus viajes. La fotografía, de hecho, se inventó cuando Gérôme tenía 14 años, a lo que se añade que entre 1855 y 1880 el artista viajó en numerosas ocasiones a Egipto y a Constantinopla (la actual Estambul).

 

Gérôme aprendió la técnica del bricolage cuando estudiaba en la Escuela de Bellas Artes de París. Allí, los alumnos practicaban dibujando objetos muy diversos en estilo realista y, posteriormente, creaban composiciones inventadas, pero que parecían reales. Gérôme llegó a ser todo un maestro en ese sentido, hasta el punto de que muchos de sus contemporáneos estaban absolutamente convencidos de que las escenas de sus cuadros eran auténticas.

placeholder'El harén en el kiosko' (1875), de Jean-Léon Gérôme. (Lusail Museum, Qatar Museums)
'El harén en el kiosko' (1875), de Jean-Léon Gérôme. (Lusail Museum, Qatar Museums)

Hacía 1900, prácticamente no había un solo artista en Europa que no hubiera experimentado con el orientalismo. Pero en términos de popularidad y de influencia, Gérôme no tuvo rival. Además, fue un precursor en el uso de las técnicas de marketing, una especie de Andy Warhol de su tiempo. Con la ayuda de su suegro, el marchante de arte Adolphe Goupil, inundó el mercado de reproducciones de sus obras: fotograbados de gran tamaño para ricos coleccionistas, así como otras versiones en variedad de formatos, series y precios para poder llegar al mayor número posible de personas. Goupil imprimió grabados de más de 350 de obras de Gérôme.

 

Pero la fama y el prestigio de Gérôme dieron un abrupto giro en 1978, cuando Edward W. Said publicó su conocido ensayo Orientalismo, en el que redefinía ese término en clave política y argumentaba que esa corriente artística formaba parte de un sistema reduccionista creado por los países occidentales para dominar y manipular la percepción que se tenía de Oriente. No es casualidad que la primera edición de ese libro llevara en la portada una reproducción de El encantador de serpientes de Gérôme.

placeholder'Belleza circasiana velada' (1876), de Jean-Léon Gérôme. (Lusail Museum, Qatar Museums)
'Belleza circasiana velada' (1876), de Jean-Léon Gérôme. (Lusail Museum, Qatar Museums)

Algunos años después, la historiadora del arte Linda Nochlin aún criticó en términos más duros las obras orientalistas de Gérôme, asegurando que el artista recurrió al estilo realista a fin de manipular a los espectadores de sus cuadros e influir negativamente en sus ideas sobre Oriente. Una opinión que, aunque con controversias, sigue condicionando el modo en el que la obra de Gérôme es interpretada. Los cuadros de Gérôme se convirtieron así en altamente polémicos, dejaron de verse como meras obras de arte y empezaron a ser escrutados en términos políticos, sacando a la luz sus numerosos errores fácticos y la mucha desinformación que contenían.

 

¿Es posible reconocer la falsedad y los lamentables estereotipos de las obras de Gérôme y admirar al mismo tiempo su talento artístico? Esa es la gran pregunta que recorre la primera sección de la exposición del Mathaf. "Son cuestiones que siguen abiertas y a las que la exposición no da respuesta, es el visitante el que debe de sacar sus propias conclusiones. Yo lo que creo es que si solo se hace una lectura política de las obras de Gérôme nos perderemos muchas cosas porque, pensemos lo que pensemos, sus obras tienen muchas capas de significado", asegura Emily Weeks, comisaria de esa primera parte de la muestra.

placeholder'Who Will Make Me Real' (2005), obra de Raeda Saadeh. (Courtesía de la artista)
'Who Will Make Me Real' (2005), obra de Raeda Saadeh. (Courtesía de la artista)

Donde sin duda más vapuleado sale Gérôme es en la tercera y última sección de la exposición del Mathaf, la comisariada por Sara Raza, donde su obra y su orientalismo son escrutados en un contexto contemporáneo y poscolonial por artistas procedentes de la zona como Lida Abdul, Farhad Ahrarnia, Hera Büyüktaşçıyan, Ergin Çavuşoğlu, Ali Cherri, Inci Eviner, Aikaterini Gegisian, Erbossyn Meldibekov, Umar Rashid Raeda Saadeh. Esta última, por ejemplo, se retrata a sí misma en la obra Who will make me real (2005) reclinada sobre un diván, en la típica pose de odalisca, y con el cuerpo recubierto de periódicos palestinos.

jueves, 1 de agosto de 2024

Ronda de Noche. Rembrandt

 

Rembrandt mezcló pigmentos de sulfuro de arsénico en ‘La ronda de noche’

El equipo de investigación que analiza en Ámsterdam el cuadro constata su uso para crear el brillo dorado del jubón del teniente Willem van Ruytenburch, una de las figuras principales

'La ronda de noche' de Rembrandt van Rijn, 1642, Rijksmuseum. En la imagen B, detalle de la zona del traje en la que el pintor usó el arsénico. En la C, indicación sobre el cuadro del uso de este material.  La d es una imagen estereoscópica que detalla el punto.
'La ronda de noche' de Rembrandt van Rijn, 1642, Rijksmuseum. En la imagen B, detalle de la zona del traje en la que el pintor usó el arsénico. En la C, indicación sobre el cuadro del uso de este material. La d es una imagen estereoscópica que detalla el punto.CEDIDA POR EL RIJKMUSEUM

Rembrandt, el maestro neerlandés del Siglo de Oro, mezcló pigmentos de sulfuro de arsénico en su obra más famosa, La ronda de noche (1642). Una investigación del Rijksmuseum —que exhibe el cuadro— y la Universidad de Ámsterdam, que lo analizan desde 2019, sostiene que el artista creó así la ilusión de un hilo de oro en los bordados del jubón del teniente Willem van Ruytenburch. Es la figura vestida de amarillo en el centro del cuadro, y Rembrandt usó materiales llegados a través de rutas europeas de comercio.

“Pensábamos que Rembrandt había utilizado pigmentos naturales de sulfuro de arsénico, como el oropimente (amarillo) y rejalgar (rojo) para el efecto dorado de la almilla del teniente van Ruytenburch”, explica, al teléfono, Fréderique Broers, una de las autoras principales del estudio, junto con Nouchka de Keyser. Sin embargo, la aplicación de técnicas de espectroscopia, microscopía y rayos X de alta tecnología a dos muestras obtenidas en 2019 ha revelado la presencia de otros dos componentes. Se hizo en el curso de la denominada Operación Ronda de Noche, y encontraron “pararrejalgar [formado como alteración del rejalgar], para el amarillo, y pararrejalgar semiamorfo, para el naranja/rojo. El segundo debió de obtenerse calentando o tostando el primero, logrando lo que llamamos sulfuro de arsénico artificial”, dice.

Aunque los pigmentos arsenicales se aplicaban en la época a las frutas y flores de los bodegones, este hallazgo indica que Rembrandt innovó al usar algo más para los retratos. Su descubrimiento añade colores a la paleta del pintor y amplía la gama los materiales que se creía que podían obtener los artistas del siglo XVII en Ámsterdam.

La investigación ha sido publicada en la revista Heritage Sciencey Broers admite que la terminología puede resultar algo confusa “porque se usan nombres distintos para cada uno de los pigmentos a lo largo del tiempo y en diferentes países”. De todos modos, con ayuda de técnicas analíticas específicas, “que pueden distinguir dos moléculas incluso si ambas solo contienen arsénico y sulfuro, hemos podido diferenciarlos”, asegura. Los pigmentos eran muy tóxicos en forma de polvo, aunque una vez mezclados con aceite de linaza para obtener la pintura se estabilizaban.

El pararrejalgar suele aparecer en las pinturas antiguas porque el rejalgar se degrada en este compuesto con el paso del tiempo, según la experta. Sin embargo, al estar distribuido junto con el pararrejalgar semiamorfo de forma homogénea y sin alteraciones en La ronda de noche, “creemos que el pintor los utilizó de forma deliberada para su efecto de reflejo dorado en el ropaje del teniente”, señala Broers. Quería recrear una tela lujosa que acaparase la luz de la composición.

No está claro si Rembrandt compró ya lista la mezcla de rojo y amarillo ahora descubierta, o bien la hizo en su taller. Dado que Países Bajos no tiene recursos mineros significativos, “consideramos que llegaban a través de rutas comerciales en territorio alemán, Viena y Venecia, y el artista podía comprarlos en Ámsterdam”, apunta el trabajo. Debido a ello, el uso de sulfuros de arsénico naturales y artificiales pudo ser más común de lo que se creía en el Siglo de Oro de la pintura neerlandesa. Sí disponía el artista de bermellón, “que es sulfuro de mercurio y también muy tóxico”. “Y de colores tierra, logrados con hierro”. El problema es que carecían de la profundidad de la mezcla con el rojizo y amarillento conseguida a base de sulfuro de arsénico.

Cocq y Ruytenburch

La ronda de noche se titula en realidad La compañía militar del capitán Frans Banning Cocq y el teniente Willem van Ruytenburch. Son las dos figuras principales del grupo de arcabuceros que les acompañan para cumplir su misión de vigilancia. El teniente “lleva un atuendo brillante, posiblemente de piel de búfalo”, según explica el Rijksmuseum en la documentación de la obra. El jubón, sin mangas, “aparece magníficamente adornado con un denso bordado en hilo de oro”, y consigue ser el centro de atención. Rembrandt fue el primero en plasmar figuras que estaban haciendo algo en un retrato de grupo, y el capitán Banning Cocq, vestido de negro con banda roja, ordena a su teniente que ponga en marcha la compañía.

El artista y sus colegas del siglo XVII podían consultar manuales que explicaban las combinaciones posibles de materiales para pintar y cómo disponer las distintas capas. Si bien ignoraban el detalle de las reacciones químicas, “sabían, entre otros, que el sulfuro de arsénico no debía mezclarse directamente con plomo porque oscurecía el efecto final”. El estudio incluye una revisión de fuentes históricas para rastrear el uso de los pigmentos hallados, y constata algo similar en un bodegón de Willem Kalf, contemporáneo de Rembrandt y residente también en Ámsterdam. Esta obra pertenece a la colección del Rijksmuseum.

Desde 2019, la Operación Ronda de Noche ha descubierto algunos secretos del famoso cuadro. Rembrandt pintó plumas en el casco de una de las figuras del fondo, luego borradas. Se ha visto también el cambio de posición de la pierna de uno de los retratados; la reducción del número final de lanzas; y un bosquejo inicial de la obra definitiva, hecho en la propia tela. Pudo comprobarse además que la parte superior izquierda del lienzo —que mide en total 3,79 x 4,53 metros— estaba deformada debido al tiempo que pasó colgada en otra sala durante la restauración del Rijksmuseum, llevada a cabo entre 2003 y 2012. Y fue hallado plomo en una capa de impregnación extendida por debajo de la usada como fondo para preparar el lienzo. El plomo crea unas protuberancias minúsculas que pueden desprenderse y deteriorar el conjunto.

Todo ello servirá para documentar y preparar la conservación y limpieza del cuadro, que debe su nombre popular al barniz amarillento del pasado. “Durante algún tiempo, se creía que ese tipo de cobertura añadía un aspecto auténtico a una obra maestra de Rembrandt”, apunta Fréderique Broers. Después del verano, el museo tiene previsto informar sobre el futuro de la Operación Ronda de Noche.

domingo, 18 de febrero de 2024

Exposición Chagall Un grito de libertad. Fundación Mapfre. Madrid.

 

Chagall. Un grito de libertad

02.FEB.2024           05.MAY.2024







Marc Chagall (1887-1985), cuya vida atravesó dos guerras mundiales y un exilio, dejó una obra profundamente anclada en la historia del siglo XX. Encarnación del desarraigo y de la migración, como tantas figuras de su obra, el artista transitó por el mundo al albur de las convulsiones de su siglo, desde su infancia en la Rusia blanca hasta Francia, de Alemania a Palestina y de Estados Unidos a México, hasta instalarse finalmente junto al Mediterráneo.

Esta exposición, fruto de la colaboración entre La Piscine – Musée d’Art et d’Industrie André Diligent (Roubaix), Fundación MAPFRE y el Musée national Marc Chagall de Niza, plantea un amplio recorrido por su obra a la luz de los acontecimientos históricos que Chagall tuvo que enfrentar y las tomas de postura que adoptó ante ellos, en una propuesta que representa la primera lectura completa de su obra desde esta perspectiva: la de su idealismo sin condiciones, su inamovible creencia en la paz universal y el firme compromiso sociopolítico que de ella se deriva.

La obra del gran artista ruso se nos presenta así en una lectura nueva, una sorprendente revelación de la forma en que su pintura, que nos resulta tan reconocible como fascinante, encierra también un conmovedor testimonio de nuestro tiempo.

Comisarias: Meret Meyer y Ambre Gauthier.




Al hilo de una vida que pasó por dos guerras y un exilio, Marc Chagall (1887-1985) alumbró una obra poderosamente anclada en la historia del siglo XX. Figura del desplazamiento y de la migración, como las que aparecen en sus cuadros, el artista transitó por el mundo a merced de las zozobras de su siglo, desde la Rusia de su infancia hasta tierras francesas, pasando por Alemania, Palestina y Polonia, y desde Estados Unidos hasta México, antes de establecerse a orillas del Mediterráneo. Su arte, impregnado de un hondo humanismo y alimentado por sus raíces judías y las experiencias que vivió, se erige en mensajero de un compromiso infatigable con el hombre y sus derechos, con la igualdad y la tolerancia entre los seres. Impulsado por un gran grito de libertad, Chagall abre los ojos a las guerras de su momento histórico, como también a las luchas que libró dentro del arte, siguiendo los conflictos y los grandes acontecimientos del siglo XX. Trascendidos por la fuerza poética y por el imaginario, sus obras y escritos son poderosos testimonios de sus convicciones políticas y su compromiso humanista, expresados a través de un simbolismo singular en el que a veces encontramos un agudo sentido de la burla y del humor enraizado en su cultura judía. 

Chagall Un grito de libertad muestra a un pintor testigo de su tiempo e incide en las cuestiones que más preocuparon al artista desde un novedoso punto de vista. El trabajo de archivo y la profunda labor de investigación que se han realizado para este proyecto buscan abrir caminos a una nueva lectura de la obra de Chagall y poner de manifiesto su fe inamovible en la armonía y la paz universal, mediante el establecimiento de miradas y diálogos cruzados con la historia que se estaba escribiendo. Ambre Gauthier y Meret Meyer Comisarias de la exposición Dentro de la obra de Marc Chagall, el género del autorretrato ocupa un lugar relevante. El primero del que se tiene constancia, fechado en 1907, sienta las bases de una práctica que cambió poco con el tiempo. Chagall elaboró sus autorretratos a partir de un profundo conocimiento de los de Rembrandt, y pudo así construir su identidad mediante un juego de variantes simbólicas y metafóricas que eluden la huella del tiempo, revelando un proceso de introspección que al mismo tiempo se conjuga con un distanciamiento respecto a su propia persona. Desde el principio hasta el final de su carrera, el artista se representó con rostro juvenil. La identidad con la que se muestra, siempre plural, se construye a través de la elaboración de personajes arquetípicos en un proceso donde las máscaras adoptadas por el artista responden a un doble perfil: el pintor con su paleta y el pintor trabajando frente al caballete. Los autorretratos revelan la afición de Chagall a los disfraces y las máscaras, heredada de su conocimiento del mundo circense. Se representa así como gallo, asno, macho cabrío o traviesa cabra, tal y como puede verse en Buenos días, París o La carretera de Cranberry Lake, y en ocasiones incluso como monumental ramo de flores o árbol de Jesé. Estos autorretratos, íntimamente ligados a las experiencias de la migración y el desarraigo, son los vectores de un mundo interior estable que permite al pintor, al mismo tiempo, un anclaje y una protección ante los acontecimientos externos que sacuden su vida y su obra. Concebidos como temas autónomos o incorporados a composiciones de iconografía más ambiciosa, deslizados como guiños en los recovecos de los lienzos, le recuerdan constantemente al espectador que el artista no duerme, que está atento a lo que le rodea y participa con todo su ser en los acontecimientos históricos y políticos de su época. 

Identidades plurales: el artista migratorio

En mayo de 1911, gracias a una beca proporcionada por uno de sus protectores en San Petersburgo, Chagall se traslada a París. Al año siguiente entabla amistad, entre otros, con los poetas Blaise Cendrars, Max Jacob, André Salmon y Guillaume Apollinaire, que llegaría a calificar su pintura como «sobrenatural». En la capital también se relaciona con otros artistas como Léger, Modigliani, Archipenko o Soutine. El estallido de la Primera Guerra Mundial le sorprende en Rusia, adonde había vuelto en 1914 tras inaugurar una importante exposición en Berlín. Si bien pensaba permanecer poco tiempo en el país, la guerra le obliga a quedarse hasta el final del conflicto. Entre las obras que realiza durante este período destaca la serie de dibujos a tinta china que, con carácter documental y cinematográfico, plasman la dramática realidad de la guerra: la marcha de combatientes y a los soldados heridos. En pinturas como El vendedor de periódicos o La gaceta de Smolensk, el artista profundiza en la representación de las vivencias cotidianas de los habitantes de su ciudad natal durante la contienda, alejándose del tono más lírico de sus características composiciones. De este período, el propio Chagall recordará en sus memorias: «Detrás de mí, los campos de Vítebsk están abandonados. […] Cada estaca del cercado es como el diente de un negro destino». Rusia. Primera Guerra Mundial Primero en París y más tarde en su ciudad natal, Vítebsk, y a caballo entre diferentes exilios, Chagall llevará siempre a Rusia en su corazón y su alma. El artista construirá un universo pictórico profundamente impregnado por las vivencias de su juventud, lo cual explica las múltiples apariciones en sus cuadros de imágenes de su ciudad y su shtetl (comunidad judía), con los campanarios y las cúpulas de las iglesias, las colinas e isbas nevadas y las orillas del río, el Dviná, como se muestra en La casa gris. Estas iconografías recurrentes, que abordó desde sus primeros años de formación en San Petersburgo, fueron evolucionando e incorporando figuras familiares y personajes de la vida popular y campesina que formarán su universo de referencia. 

En 1917, Chagall es testigo de la revolución bolchevique, que en un principio acoge con enorme entusiasmo y que le confiere el estatus de ciudadano ruso de pleno derecho después de años de discriminación por su origen judío. En agosto de 1918 es nombrado por Anatoli Lunacharski comisario de bellas artes de la región de Vítebsk. Tras realizar los decorados para la celebración del primer aniversario de la Revolución de Octubre, se vuelca en la fundación de una escuela popular de arte —para los hijos de las familias más pobres— y un museo, entidades de las que será director. El enfoque es el de la enseñanza libre y el estudio de todas las corrientes artísticas del momento, y en este desempeño el arte hebreo descubrirá su modernidad. 

En mayo de 1920, tras acaloradas discusiones, Kazimir Malévich sustituye en la dirección de la escuela a Chagall, que se marcha a las afueras de Moscú; allí traslada su labor docente a la colonia de huérfanos de los pogromos de Malájovka, en la que desempeñará su compromiso educativo y pedagógico a lo largo del año 1921. Rusia, ese país que es el mío La modernidad yidis. El Teatro Nacional Judío de Cámara de Moscú

 En noviembre de 1920, en plena efervescencia de la renovación cultural yidis, Marc Chagall fue invitado a colaborar con el Teatro Nacional Judío de Cámara de Moscú (GOSEKT) por su director, Alexis Granowsky. Recién trasladada a Moscú desde su sede anterior en Petrogrado, esta institución era el vehículo de un enfoque escénico revolucionario, en el que todas las obras se interpretaban íntegramente en yidis, lengua de los judíos originarios de la Europa central y oriental. Para las paredes del teatro, Chagall realizó siete paneles sobre el tema de la proyección universal de las artes y la modernidad yidis: la Introducción, largo friso de más de siete metros, cuatro alegorías de las artes (La danza, El teatro, La música y La literatura), El amor en escena y El banquete de bodas. Estos paneles que decoraban el interior del teatro, conservados actualmente en la Galería Tretiakov de Moscú y de los que presentamos varios estudios preparatorios, formaban una obra integral que llegó a conocerse como «la cajita de Chagall». La interacción entre los decorados, los actores y el vestuario constituía un espectáculo de arte total. El artista pintó también un telón, que no se conserva, y su colaboración con el teatro se completa con la creación de bocetos para los decorados y el vestuario de las obras Mazeltov, Los agentes y La mentira, de Sholem Aleijem, interpretadas por Solomón Mijoels como actor principal. En 1906, el escritor y dramaturgo judío Isaac Leib Peretz, en un texto profético titulado «Esperanza y temor», expresó el dolor y la violencia de la que sería objeto su comunidad en el futuro. Peretz, considerado uno de los autores clásicos en lengua yidis, se convertiría con el tiempo en mentor de la renovación de esta lengua y su cultura. Tras la Revolución de octubre de 1917, este renacimiento cobró empuje; el yidis llevaba en sí el ardor de toda una generación de artistas judíos, así como sus esperanzas de asistir al nacimiento de un nuevo mundo. En 1918 nacía en Kiev, en plena ebullición de la independencia ucraniana, la Kultur Lige, asociación que desempeñó un papel de primer orden en la difusión de la cultura yidis y alentó la ilustración de libros por parte de artistas de vanguardia, desde el interés por modernizar la cultura judía, siempre en una dicotomía entre tradición y modernidad.

 A su llegada a Moscú en 1920, Chagall entrará en contacto con muchos otros artistas de esta asociación que, llegados de Kiev, escapaban de la represión bolchevique. Será para el pintor un momento de reencuentro con sus orígenes y con la lengua de su infancia. Tanto Chagall como El Lissitzky fueron miembros de la sección de arte de la Lige; ambos entendían el libro ilustrado como un instrumento óptimo para expresar una identidad dividida. Durante estos años, Chagall colaboró en un gran número de publicaciones en yidis, como el libro de poemas Troyer [Luto], del escritor Dovid Hofstein, o las revistas literarias Shtrom Heftn [La Corriente] y Khaliastra [La Banda]. La modernidad yidis. Letras, palabras e imágenes

 En 1922 Chagall abandona Rusia de manera definitiva y, junto con su esposa Bella y su hija Ida, se instala en Berlín. Allí el artista trabaja en su autobiografía, Mi vida, y aprende el arte del grabado. Tras su exposición en la galería Van Diemen, y a pesar de haber adquirido gran notoriedad, en 1923 se traslada con su familia a París, donde retoman el contacto con amigos artistas e intelectuales. Uno de ellos, el marchante de arte Ambroise Vollard, le encarga a Chagall la ilustración de algunos libros, entre los que se cuentan Almas muertas, de Gógol, y las Fábulas de La Fontaine, una de las obras clásicas de la literatura francesa. Este encargo será el origen de una importante oleada de críticas basadas en el origen ruso de Chagall y que suponen un síntoma más del ascenso del antisemitismo en casi toda Europa. 

El 21 de septiembre de 1925, en una carta dirigida al crítico de arte Leo Koenig, el artista escribe: «el tiempo no es profético, reina el mal». Durante estos años, antes y después de su viaje a Palestina en 1931, Chagall realiza una serie de retratos de rabinos y personajes portando la Torá que traslucen la incertidumbre ante el destino de un pueblo amenazado. En sus memorias, el pintor se refiere así a este tipo de obras: «Los profetas atormentados de Vítebsk hicieron su aparición en mis cuadros: entre hambrientos y andrajosos, lanzaban al mundo una mirada carente de esperanza. Su mirada es igual a la mía. Sus colores se deslizan sobre ellos como el sudor, escurriéndose sabe Dios adónde. En espera de que amaneciese, de que se acabaran el estrépito, la propaganda, los campos de concentración, los hornos, las cárceles físicas y morales, yo pintaba profetas torturados». No son tiempos proféticos 

En 1933, tan solo unos meses después de que Hitler hubiera ascendido al poder, el partido nacionalsocialista quemó, en una ceremonia pública en Mannheim, la pintura de Chagall El rabino. La amenaza al pueblo judío que el artista llevaba años anunciando se volvía definitivamente real. Este sentimiento se hacía patente en otras obras de estos mismos años. En Soledad, el pintor parece concretar esa idea difusa de persecución, con el rabino que protege la Torá —símbolo del salvador de la cultura hebraica frente a una catástrofe inminente—, al tiempo que expresa la conciencia del aislamiento en el que se encontrará a partir de entonces la comunidad judía de Europa. Lo mismo ocurre con El buey desollado, antecedente de las crucifixiones que simbolizan el martirio del pueblo judío, o en El desnudo sobre Vítebsk, en el que la ciudad de su infancia es sobrevolada por la figura de Bella, su mujer, vuelta de espaldas.

 A su llegada al poder, el partido nacionalsocialista de Alemania puso en marcha una política cultural basada en la «purificación» del país. Una de las manifestaciones de esta persecución que se hicieron más populares fue la exposición Entartete Kunst [Arte degenerado], inaugurada, en su primera edición en Múnich, el 19 de julio de 1937. Se presentaban setecientas treinta piezas de un centenar de artistas, muchos de ellos judíos, entre los que no faltaba Chagall, con la intención de mostrar de forma pedagógica la «putrefacción» del arte moderno y la de sus autores, culpables de un atentado contra la germanidad y la cultura del pueblo alemán.

 Si bien en un primer momento, y a pesar de la situación, el artista se resistió a abandonar Francia, las noticias llegadas desde Alemania y la posterior retirada de derechos a la población judía por parte del gobierno colaboracionista de Vichy lo llevaron a replantearse su decisión. Así, en 1941, gracias a la intervención del periodista Varian Fry y del Emergency Rescue Committee, Chagall zarpó de Marsella rumbo a Lisboa para sumarse después al grupo de artistas exiliados en Nueva York. En el transcurso de este largo viaje, el artista se refirió al destino de quienes se habían quedado en el continente: «Agua hasta donde alcanza la vista, olas y los leves resplandores del horizonte marino. […] Desde el puente me parece ver en la distancia a los rabinos y sus familias transportados a los campos. En el aire, sin embargo, no se oyen los suspiros de quienes son arrastrados a los hornos». La pintura como acto militante 

El 21 de junio de 1941, Marc y Bella Chagall se instalaron en el número 4 de la East 74th Street de Nueva York; daba comienzo un largo período de exilio. En la ciudad, Chagall se relacionó, entre otros, con Pierre Matisse, que en marzo de 1942 inauguró en su galería la emblemática muestra Artists in Exile, que reunía a catorce artistas refugiados en Nueva York, entre ellos el propio Chagall. Los lazos artísticos y personales que estableció con su nuevo marchante duraron el resto de su vida, dando origen a múltiples exposiciones. Durante este período, la conciencia política de Chagall frente a las atrocidades cometidas contra el pueblo judío se manifiesta de modo más intenso si cabe, tanto por medio de su participación en diferentes asociaciones como a través de la representación de los horrores de la contienda en obras como La guerra. Las pinturas de este momento evocan también la brutalidad de los pogromos, especialmente los perpetrados en Polonia —país que el artista visitó en 1935—, así como las deportaciones y el exilio al que se vio sometida la comunidad judía. Uno de los motivos que más reiteró Chagall en sus obras de estos años, casi como si de una obsesión se tratara, fue el de la crucifixión. Cristos crucificados sin otra indumentaria que el talit (paño blanco de oración) alrededor de las caderas, representados como el símbolo del sufrimiento del pueblo judío, en respuesta de la llamada «noche de los cristales rotos», ocurrida en 1938. En estas imágenes, trágicas y violentas, se condensa todo el miedo del artista exiliado, que asistirá desde el otro lado del Atlántico a la devastación de Europa. Obra clave de este momento es el tríptico Resistencia, Resurrección y Liberación —que Chagall realiza a partir de una obra anterior titulada Revolución—, en el que se fusiona el simbolismo político y el religioso. A los artistas mártires: escenas de la guerra y crucifixiones.

 A su vuelta en 1948 a Europa desde Estados Unidos, Chagall se instaló en Francia, primero en Orgeval, en las proximidades de París, y luego a orillas del Mediterráneo. Entonces se embarcó, al igual que otros reconocidos autores como Henri Matisse o Fernand Léger, en una serie de proyectos monumentales en torno al tema de la paz destinados a edificios religiosos y salas de espectáculos. Tras haber apoyado en 1948 la creación del Estado de Israel —nacido el 14 de mayo de ese mismo año—, Chagall elaboró un conjunto de vidrieras para la nueva sinagoga del hospital Hadassah de Jerusalén (1962), así como tapices y mosaicos que plasman la historia del pueblo judío desde los tiempos bíblicos para la Knéset, el Parlamento israelí, en la misma ciudad (1967). Durante este período, el artista se erigió en el mensajero de una paz que había que recuperar y proteger, y que es la esencia de sus proyectos de vidrieras sobre La Paz para la sede de las Naciones Unidas en Nueva York (1963-1964) y la capilla de los Cordeleros de Sarreburgo (1974-1976). Finalmente, el pintor recurrió de nuevo a la Biblia para difundir mensajes de cariz más político, sin dejar de propugnar una espiritualidad y una paz universal. Este retorno se plasmó en los diecisiete cuadros del Mensaje bíblico (1956-1966), que, concebidos inicialmente para las capillas del Calvario en Vence, fueron donados a Francia en 1966 para la creación del actual Musée National Marc Chagall de Niza, primer museo dedicado a un artista vivo. El permanente diálogo entre técnicas (escultura, cerámica, vidriera, tapiz y mosaico) que inició Chagall en los años cincuenta alimentó con fuerza su pintura. Un hecho que pone de manifiesto especialmente, dentro de este proceso de creación múltiple y de carácter lúdico, la técnica del collage, al brindar a la vista los fragmentos geométricos de una visión sintética de las formas, las texturas y los colores. Chagall ya había experimentado con el collage en los años diez y renovó este procedimiento en los sesenta con las maquetas preparatorias de las vidrieras destinadas a la citada sinagoga Hadassah, para finalmente emplearlo en los años setenta en la concepción de sus pinturas monumentales. A la búsqueda de libertad y luz desplegada mediante nuevas técnicas responde la práctica de una pintura en la que los colores y los empastes expresan más que nunca la urgencia de vivir.